Se ha demostrado que, cuando escuchamos música, tendemos a percibir afinidades entre el sonido y el movimiento de nuestro cuerpo. La llamada “teoría motora de la percepción” señala que estas relaciones de similitud están profundamente arraigadas en nuestra cognición.
Según esta
hipótesis, para percibir algo debemos simular activamente el movimiento
asociado a las impresiones sensoriales que estamos tratando de procesar. Es
decir, que cuando escuchamos música tendemos a simular mentalmente aquellos
movimientos del cuerpo que se precisan para producir el sonido. Por tanto,
nuestra experiencia de un sonido implica una imagen mental de un movimiento del
cuerpo.
Es posible que
esta “imitación” empiece tan temprano como en la gestación, a juzgar por un
estudio de 2015 del Instituto Marqués de Cataluña en el que se analizó el
efecto de la emisión de música por vía vaginal en fetos humanos.
En esta
investigación se constató que, con solo 16 semanas de gestación, el feto ya
percibe la música, y no solo eso, reacciona al estímulo sonoro abriendo la boca
y sacando la lengua, como si fuera a "cantar". Así que, desde tan
temprano, la música induce una respuesta motora (en este caso, de movimientos
de vocalización) en nuestra especie.

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